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El BeBedor de CerVeza


 


 

 

[   E L   B E B E D O R   D E   C E R V E Z A   ]

 

 

e l s o b r e h l a d o

- Carmona, 2007 -

 

 


[   E L   B E B E D O R   D E   C E R V E Z A   [

el bebedor de cerveza en wordpress

cursos de verano

"Olavide en Carmona"
 

 

Índice

 

1º Textos recogidos por Alfredo Valenzuela

para la revista Blanco y Oro
de la Fundación Cruzcampo

 

2º Textos para El Bebedor:
            breves y prologuillos

            prosas

versos

Viacrucis, de José M. Marrodán

 

3º Daniel Lebrato, El bebedor de cerveza

 

4º Léxico del bebedor

Textos recogidos por Alfredo Valenzuela

para la revista Blanco y Oro, de la Fundación Cruzcampo,

nos 14 y 15, año 2001

 

 

 

 

1.
Dejadme que os pregunte, si podéis explicarme qué es lo que da la verdadera fuerza a los soldados ingleses. ¿Eh? Pues es el poderoso elixir, es la sabrosa cerveza que beben. Eso es lo que fortalece a John Bull cuando lucha por su país en el campo de batalla, tanto en tierra como en el mar. ¡Sí! ¡Bravo por el lúpulo! ¡Bravo por la cebada! Ambos son la sal y pimienta de la vida. Friedrich von Flotow (1812-1883), ópera Martha

 

 

 

 

2.
Beberemos nuestras cervezas hasta que no nos mantengamos en pie y brindaremos por el honor de la Vieja Inglaterra.

Henry Purcell (1659-1695), El Rey Arturo

 

 

 

 

3.
La cerveza es un don. ¡Qué espuma formas en nuestras jarras! ¡Tú nos embebes de fortaleza y viveza! ¡Eres apreciada por jóvenes y mayores! ¡Hurra! ¡Hurra! Cuando nos reunimos para beber una cerveza de un trago, ¿qué más puede uno desear? ¡Cómo burbujeas en las jarras, digno jugo de cebada!

Bedrich Smetana (1824-1884)

 

 

 

 

4.
Buenos burgueses y ciudadanos sentados alrededor de las mesas, fumemos tranquilamente y bebamos al mismo tiempo. La cerveza rubia o negra forma espuma en las jarras; hoy es domingo, es día de descanso. ¡Que la cerveza, negra o rubia, forme espuma en las jarras! ¡Amigos, con alegría, apuremos las jarras!

Ambroise Thomas (1811-1896), Mignon (1866)

 

 

 

 

5.
¡Glu! ¡Glu! ¡Glu! Soy la cerveza. ¡Ah! Con mi espuma labro líneas plateadas en las jarras. ¡Glu! ¡Glu! ¡Glu! Somos amigos de los hombres: de aquí ahuyentamos languidez y tormento. ¡Glu! ¡Glu! ¡Glu! ¡Bebamos! ¡Bebamos! ¡Maestro Luther! ¡Tizón del infierno! ¡Tráenos tu cerveza! ¡Llena nuestras jarras hasta el amanecer! ¡Mantenlas llenas de cerveza! ¡Tráenos tu cerveza!

Jacques Offenbach (1819-1880), Los Cuentos de Hoffmann (1881)

 

 

 

 

6.

Le di pastel, le di cerveza,
le di amontillado y jerez.
La besé una vez, la besé dos veces.
Estábamos tan alegres...

Abraham Cowley (1618-1617), Canción de Taberna

 

 

 

 

7.

Trabaja, come, escupe, duerme, ríe,

suda, bebe jarras de cerveza.

Paul Morand (1888-1976), Boulogne

 

 

 

 

8.

¡Ah las cervezas alemanas! Hombres de cabezas grotescas y de carnosidades porcinas, cantando lieders tras las murallas de felpas de los vasos ya ingeridos o hablando de la existencia de Dios... Cervezas, Metafísica y música de Wagner.

Eugenio Noel (1885-1936)

 

 

 

 

9.

Luego queda la espuma,
la espuma es un silencio conversado. 
(...) y yo estoy en el mar porque la espuma lava los pecados.
Luis Rosales (1910-1992)

 

 

 

 

10.

En Conemar
el Atlántico inventó la cerveza
como una espuma oscura
contaminada de tierra la sed.
Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), En Conemar

 

 

 

 

11.
Noches de soledad brumosa y otras de enloquecida euforia

con jarras de cerveza, verdes botellas de ginebra.
Juan Luis Panero (1942-), Testamento del náufrago

 

 

 

 

12.
Desea haber vivido como quisiste, loco, y morir
como en cada derrota de tus días. Bebe
cerveza, gasta tu vida y ama, escribe, perdura.
José Daniel M. Serrallé (1959-), Salón de embajadores

 

 

 

 

13.
Estaba leyendo a Dostoyevski.
Cierro el libro, lo dejo encima de la mesa,
me siento y abro
otra cerveza. Qué aburrido
sentarse y esperar la muerte.
Roger Wolfe (1962-), El extranjero

 

 

 

 

14.
quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford sumergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno, quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alféizares del Empire State lejos de la luna.
Allen Ginsberg (1926-1997), Aullido, 1956

 

 

 

 

15.
Después me hablaste de los Rollings Stones y la cerveza,
pienso que habrás tomado mucha cerveza solo, David,
vos ibas a tomar cerveza o tal vez pateabas una piedra
o una caja vieja por las calles de Londres.
David Raúl Núñez

 

 

 

 

16.
Pedro Luis de Gálvez (1882-1940)

Tengo una compañera bondadosa,
dos hijos que me alegran la pobreza,
una camisa limpia, una cerveza,
y en la mesa, en un búcaro, una rosa.

Mi casa es pequeñita; en el corral, 
bajo la parra, patos y gallinas,
y un nido de viajeras golondrinas 
en la viga más recia del portal.


Ya no sangran mi pecho ni mi frente...
A mi lado Teresa humildemente
cose, y los niños juegan con el gato.

La pluma, en la espetera. Con la lanza
los libros al desván... Mi Sancho Panza 
vive contento, de la cama al plato.

 

 

 

 

 

© Hasta aquí Alfredo Valenzuela

para la revista Blanco y Oro, de la Fundación Cruzcampo,

nos 14 y 15, año 2001

 

 

 

 


Baltasar Gracián

 

[ el serpentín ]

 

En medio de aquel gran patio de su placentero alcázar brota una dulce cuan perenne fuente, brindándose a todos sin distinción en bellísimos tazones (unos de oro, los más altos; otros de plata, los del medio; y los más bajos, aunque no los menos gustosos, de cristales transparentes), con donosa figurería; por ellos baja despeñándose con agradable ruido un tan sabroso licor, y tan regalado, que aseguran unos viene por secretos conductos de allá de los mismos Campos Elíseos.

 

Baltasar Gracián, El Criticón


Federico García Lorca

 

[ tardecilla del jueves santo. 1924 ]

 

Cielo de Claudio Lorena.
El niño triste que nos mira
y la luna sobre la Residencia.

 

Pepín, ¿por qué no te gusta
la cerveza?

 

En mi vaso la luna redonda,
¡diminuta!, se ríe y tiembla.

 

Pepín: ahora mismo en Sevilla
visten a la Macarena.

 

Pepín, mi corazón tiene
alamares de luna y de pena.

 

El niño triste se ha marchado.

 

Con mi vaso de cerveza,
brindo por ti esta tarde
pintada por Claudio Lorena.


Charles Bukowski 

[ cerveza ]

No sé cuántas botellas de cerveza / consumí mientras esperaba que las cosas / mejoraran. / No sé cuanto vino, whisky / y cerveza, / principalmente cerveza / consumí después / de haber roto con una mujer / esperando que el teléfono sonara / esperando el sonido de los pasos, / y el teléfono no suena / sino mucho más tarde / y los pasos no llegan / sino mucho más tarde. / Cuando el estómago se me sale / por la boca, / ellas llegan frescas como flores en primavera: / -"¿Qué carajo hiciste? / Llevará tres días antes de que puedas poseerme" / Una hembra dura más / vive siete años y medio más / que el macho, y toma muy poca cerveza / porque sabe que es mala para la / silueta. / Mientras nos volvemos locos / ellas están fuera / bailando y riendo / con muchachos divertidos. / Bueno, hay cerveza / bolsas y bolsas de botellas vacías de cerveza / y cuando levantas una / se desfonda / y las botellas caen / rodando / entrechocándose / derramando ceniza gris húmeda / y cerveza vieja / o las bolsas caen a las 4 / de la mañana / produciendo el único sonido en tu vida.

 

Cerveza
ríos y mares de cerveza
cerveza, cerveza, cerveza.
La radio pasa canciones de amor
mientras el teléfono permanece en silencio
y las paredes se ciernen
y cerveza es todo lo que hay.


Gonzalo Fragui
 
[ barra fija ]

-Por favor, cinco cervezas más y otro gol de Batistuta

 

Con la primera cerveza soy un desierto
con la segunda descubro zonas inexploradas de las muchachas
con la tercera soy un F-15 
Primer viaje al baño
en el espejo un ser inocente sonríe
el animal acecha a punto de saltar
Con la próxima cerveza vibro al compás de la música
a la siguiente descubro que no hay lugar para lo prohibido
una más y agoto palabras de días posteriores
Segundo viaje al baño
el espejo vomita las carcajadas del ser
Con la siguiente compruebo 
que todas las cervezas van a la mar
y la mar nunca se llena
Tercer viaje al baño
el espejo inocente reproduce varios seres que parecen sonreír
Con la próxima cerveza soy un encantador de serpientes
Con la última cerveza soy el rey de la selva
Último viaje al baño
Nadie en el espejo.


La letra con cerveza entra
Carmen Camacho

 

 

 

 

 

Dime, padre de familia:
¿tienes en casa cebada para mi caballo?,
¿tienes cerveza para el héroe?
Kálevala, epopeya nacional de Finlandia

 

 

 

 

 

Quien puso cerveza en tu boca, llore por ti.

Poema de Gilgamesh

 

 

 

 

 

Acodao en el mostrador

Me puse a considerar:
Quien no ha bebío cerveza
Poco tiene que contar.

Joaquín Alegre Herrera, Haiku Petenera

 

 

 

 

 

cerve cero: varón que de la cerveza no sabe nada de nada

del diccionario de Pepe Morán

 

 

 

 

 

Cervezas, cervezas y más cervezas... / media noche / faz quebrada / delirante carcajada / Y en un vehemente e imaginario brindis / se oyó el agur / de la furtiva silueta que corría hacia la puerta del bar...

León León, Pas payer

 

 

 

 

 

Para mantenerte como el bronce,

 la primera a las once;

a las doce, una; y a la una, doce,

que son las trece;

y a las nueve veintiuna,

que son las nueve.
Versión de "a las doce una y a la una doce", de José Luis Hueso

 

 

 

 

 

a una cerveza, que nunca es una.

a otra persona, que siempre es otra /

 

 

 

 

 

/ lee con moderación, es tu responsabilidad (Sanidad y Consumo) /

 

 

 

 

 


Alberto Luis Pérez

 

[ la cerveza en tartessos : el valle de las siete sabidurías ]

 

Las esclavas llevaban en las caderas las grandes ánforas llenas de leche de oveja o de cabra, y también llevaban miel, esencia, aceites y vinos, tinturas y cerveza fermentada de frutas. En las pequeñas mesas enanas de madera de pino se veían también junto al vino y la cerveza viandas extrañas, condimentos excitantes, de la más profusa variedad: caracoles en salsa de azafrán y pimienta; platos de pescado en descomposición, que era como generalmente se tomaba y se prefería, por más sabroso; ostras de Lucrino, traídas en ánforas llenas de agua de mar; sardinas con hoja de laurel; pescados salados, a los que llamaban oxigarum; almejas aliñadas con silfio y perejil; cangrejos asados... También había platos de carne de cordero y ternera, chorreando sangre; coronas de ave aderezadas con puerros y cáñamo; hongos y acelgas; liebres y conejos rellenos de tomillo y romero. Para calentar la cerveza echaban dentro de ella piedras caldeadas sobre la hoguera.

Alberto Luis Pérez

 

 

 

 

 

Egipto, 1166 a.C. Muchos ostraca (hallados en Deir el-Medina) contienen largas listas de los productos que se entregaban regularmente a los obreros. Cada día recibían pan, cerveza, dátiles y verduras, e incluso agua potable (ya que los manantiales estaban secos). Algunos alimentos como los higos se suministraban con menos frecuencia y la carne solo en fiestas especiales. Asimismo, también se les abastecía de vestidos, calzados, vasijas y herramientas. El salario de un día del trabajador promedio era de 10 hogazas de pan y una medida de cerveza.

Nelson Pierroti

 


Sebastián Martín Recio     &     Antonio Fernández Tristancho

 

[ el mundo de las tabernas ]


Ahí está la taberna. Casi no se come, se bebe vino o cerveza, se pica algo, se habla y se despejan las mentes mientras se desperezan los músculos contracturados; todo listo para llegar a casa, ducharse, comer, ver algo la televisión y a dormir para al día siguiente continuar en la esfera de la explotación. La taberna, así, se convierte, igual que si fuera un prostíbulo, como diría Sexto Propercio, en un habitáculo humano lleno en exclusiva de hombres que han de desahogar su masculinidad con un sedante, el vino, y alguna conversación o jugada de dominó. Las tabernas, si bien por exceso de consumo de alcohol de algunos han podido incitar al alcoholismo y, por ende, a una agresividad o descontrol manifiesto, en su mayoría, es decir, entre quienes siempre mantuvieron el temple, ha sido un catalizador que ha amortiguado el conflicto social y familiar.

 

 

 

 

 

Tantos bares había en este pueblo que la apuesta tradicional que se hacen todos los chavales al entrar en edades ya medio adultas, es la de tomar una copa en cada uno de ellos y completar el famoso recorrido. Tomar la espuela, tomarse un solivoltio o un jicarazo, estar alicatao, tener una vendolina de espanto, etc. Como aquel personaje que, delante de cuatro forasteros atónitos, hablaba de que se había jincáo tantos lingotazos que había salido del zampuzo dando vueltas panetas.

 

 

 

 

 

La cerveza consumida sin control quita la memoria, nubla el entendimiento, entorpece la lengua, abrevia los días, siembra muchas discordias, descubre muchos secretos, gasta la hacienda y deshonra a las personas. La cerveza usada templadamente ayuda a la salud, aleja enfermedades y se convierte en aliado fiel de charlas, cantes y ratos inolvidables. (Trascripción de AFT)

 



 

 

 

 

 

 


Manuel Mendoza Ponce

 

[ la espuma del volcán ]

 

Bajo el volcán es una de las mejores novelas del S. XX, que recorre en un día, de forma magistral, la vida (y su final) de Geoffrey Firmin, cónsul inglés en Cuernavaca, México.

 

A lo largo del día entre cortos y largos tragos de alcohol duro estas son las cervezas que aparecen en el libro, compartiendo espacio con docenas de marcas del más extraordinario muestrario de alcoholes de todas las graduaciones posibles y de todas las latitudes terrestres:

 

-Benskin

-Caegwyrle

-Carta Blanca

-Negra alemana (sin precisar marca)

-Dos Equis

-Inglesa (sin marca)

-Falstaff

-Moctezuma.

 

Amén de otras cervezas que a lo largo del día el cónsul se va tomando para refrescar su garganta entre trago y trago.

 

La revista de literatura Quimera en su nº 38 de Mayo de 1984 publicó un dossier magnífico con jugosos artículos, fotos, pinturas y datos interesantes y tan curiosos como la relación completa y medida de todas las bebidas alcohólicas, con marca o sin ella, que el inteligente y atormentado cónsul ingirió en el último y sinuoso día de su vida, el más famoso Día de los Muertos de México, gracias a esta obra.

 

Un brindis con un trago de mescal y una cerveza bien fría a la memoria de Malcolm Lowry y del último bar del cónsul, El Farolito, desdibujado en la memoria y ya imposible de encontrar: hoy se cuentan por docenas las tabernas y tugurios que llevan ese mítico nombre.

 

 

 


Diego Vaya

 

[ qué bien sabes medir endecasílabos ]

 

Qué bien sabes medir endecasílabos,
Fijarte con gomina tu pelo delicado,
Mantener esa pose de poeta
En las fotografías o en los bares,
Detrás de una cerveza o de un café,
Con las piernas cruzadas y tu pipa,
Todo en tensión, escroto, abdomen, ojos,
Todo en tensión, a punto de cagarte.


Ezequiel Martínez

 

[ muy mal de la cabeza ]

 

Rubia como el trigo, clara

fría, la espuma blanca

oleaje de salmuera

sabores de malta y de cebada

bebida de dioses en copa de cristal

La tomaban en el Nilo

esclavos, faraones, sacerdotes.

En el XXI a la orillita del Guadalquivir

la toman funcionarios, enfermeras

peones, gorrillas, casamenteras

médicas, jornaleros, pescaderas

marineros, presos, periodistas

y hasta las putas se relamen

el labio superior blanco y fresquito

a la brisa de la barra del kiosquito

La Cruzcampo con sus colores palangana

La Guinness con su amargor maltés

Buenísima, siempre, donde estés

La he tomado en Calcuta y en Nepal

Y en Londres, y en Dublín y en Portugal

En París, en Madrid, en Nueva York

En Chaouen, en Chiapas y en Azores

En las Galápagos, de mil amores

Y en Noruega y en la bella Copenhague

En copa de cristal, en cerámica o en caña

En Triana, en Sanlúcar, en Cádiz y Jaén

Deliciosa tras el baño en Zahara o en Barbate

o en la playa del Carmen, o en el Cabo de Gata

¡Vive Dios que si no existiera la cerveza

andaríamos todos muy mal de la cabeza!


Francisco Badillo Malagón

[ amigos ]

Me despierto y veo la habitación con vasos sucios
dos ceniceros llenos de colillas 
ropa de gente desconocida tirada
Tengo que llamar a mis amigos
ayer hice el amor con una chica
y no me acuerdo de su nombre
seguro que le prometí morir junto a ella
o vivir en aquel lugar tan bonito donde termina el arcoiris
Seguro que le dije que quería morir
en un beso interminable
Dios mío, no recuerdo su nombre
tengo que recoger todo esto
tengo que llamar a mis amigos


Juan Peña

[ captatio benevolentiae ]

No sé escribirte nada que interese,
que pueda levantarte un poco el ánimo.
Deja estos versos, anda, ve y diviértete.
Mejor te vas a un bar. No leas tanto.

 

 

 

[ indolencia ]

Has llegado a la noche
cansado del trajín tonto del día.
Entonces las palabras
( no olvidas que estás solo)
barajan una estrofa
donde contar tu dicha:
la piel feliz de sol en los domingos,
el alcohol, viejo amigo,
prestando indolencia a tu vida.

 

 

 

[ la universidad ]

 

Los naranjos del barrio;

el piso donde vive

con otros compañeros;

cervezas compartidas,

sentados en un banco;

a los cines baratos los fines de semana;

las fiestas con muchachas, con poca luz o a oscuras

(y al fin siempre os quedabais a dos velas).

Recuerda aquellos años

y no siente nostalgia por un tiempo

en que no fue feliz ni desgraciado,

un tiempo que hoy se enciende

con la luz antipática de un flexo

sobre el libro aburrido en el que estudia.

 

 

 


Juan Peña

[ los veranos ]

 

Hay días de un calor

en que no es posible hacer nada

mas que atender al cuerpo,

buscarle alivio, huir del sol

(una cerveza fresca, una sombra),

hallar la gloria

a unos metros del fuego del infierno.

 

 

[ obstinación del paraíso ]

 

Ante el dolor del mundo

la vida, despiadada,

finge por un momento compasión,

luego sigue y ríe y se olvida.

La vida sólo busca, impenitente,

un eterno verano, entre amigos,

con vasos de cerveza

perlados con el frío de la felicidad.

La vida busca fiestas en la noche,

los cuerpos sinuosos quebrándose en la música,

mostrando la victoria

de la frivolidad.

La vida, huyendo del desasosiego,

busca el reino donde tan sólo habiten

el olvido, el placer y la indolencia.

La vida, despiadada,

que desprecia el dolor,

celebra jubilosa su eterno aniversario.

 

 


Miguel Florián

Mitología

No dejes que la luna abarque tu cintura,
que tiña de negra sangre los geranios.
Quédate silenciosa, escucha cómo fresca
baja la dorada cerveza,
y hecha ya rubio océano va circundando el sueño.

Nos han dejado solos, poblando nuestro yermo.
Solamente colillas apagadas y un humo azul de carne
frente al televisor, como un cíclope ciego
que se hunde enorme bajo el mundo.
 
Toma mis manos, han ido envejeciendo
tan lentamente que no me he dado cuenta.
Mírame, mis pupilas tampoco dicen nada
(otro puerto no busques, no ansíes otros labios).
Odiseos domésticos naufragan indolentes
en el sudor del lecho, y ven morir los barcos.
Espantados me miran. Compartimos la hiel
inútil de las algas, y el mismo alcohol nos vence.

Dime, tú sabes cómo llegamos a este puerto;
qué dios o qué demonio nos persigue.
No recojas la mesa, deja el mismo mantel,
y vente aquí, a urdir otro destino.







Miguel Florián

Caída de los graves 

Este es el murmullo del límite, la celebración
de la ceniza, de la línea que tiembla
bajo el rumor del pájaro. El peso de la tarde 
cuando imita la forma de la piedra,
de la palabra ciega, la terquedad del árbol
cuando ahoga su raíz en el sueño.
Por más que te revuelvas no encontrarás la fecha,
ni la casa, ni el rostro. Parece que jamás
hubieras existido, tú, que tan real fuiste.
Las palabras prefieren posarse en otros labios,
se quiebran fácilmente cuando una mano fría
las acaricia. (¿Es esta la tristeza del mar
cuando roza la arena, en un instante, y vuelve
a su innombrable abismo?). Como un dios miserable, 
como un severo insecto, has recorrido el mundo, 
su costra de hondo sueño. Y despierto te encuentras
volviéndote a ese espejo de signos inservibles.
Tu dolor es ahora el de una piedra turbia
que conoció la luz, y crece en las pavesas, 
en la sombra vacía, sobre la tierra insomne.
La piedra que aún recuerda el temblor de la carne 
ardiendo en la caída. 
Y Dios que la golpea hasta su olvido. 
Buscas en los cajones tu eternidad perdida, 
lo mismo que un pequeño anillo extraviado. 
La breve eternidad en donde recostarte, 
al regresar a casa, y un vaso de cerveza, 
la sed de un día inútil como todos los días. 
En la herrumbre del sueño te recoges, 
la fría piedra cae, con la misma desgana.


Paloma Fernández Gomá

 

[ única espuma ]

Única espuma de raíz dorada
fuiste, entre los castros,
avecinando tardías bonanzas,
navegaste el delta más antiguo
auspiciando la brisa de los oasis.
Nubios cántaros forjaron tu frescura
en un entorno de cadencias;
el abismo del lúpulo se abre en tu entraña
y muestras la malta que en ti habitó.
Ceres acostumbra a declinar 
el ritmo del viento sobre el horizonte
si se llegara a perfilar el acento
que dejan las espigas,
cuando, ya madura, hunde la cebada
su faz sobre los campos.
 


Daniel Lebrato

[ domingo en la ciudad ]


en noche americana, François Truffaut

 

Solo en la madrugada y son las dos

de la tarde. Se han ido casi todos.

Dejaron los semáforos de guardia

de la ciudad vacía. Como a urgencias,

 

pasan más coches que peatones, cuatro

gatos a por su pan o su periódico.

Una cruzcampo muy fría en el único

bar abierto mientras le echas un guiño

 

a la cartelera, por si a las diez

con la fresquita es posible una fuga.

Otra cruzcampo. Y otra. Todavía

tienes que volver a casa. En la calle

 

buscas la sombra como un perro pero

cambiarás de acera si por la tuya

se acerca uno igual que tú varón,

mayor de dieciocho y piel oscura.


Daniel Lebrato

[ las penas y las vaquitas ]

...se van por la misma senda;

las penas son de los hombres,

las vaquitas son ajenas.

(Atahualpa Yupanqui)

 

Caballero a la jineta en las eneas

de las tabernas, nada tan serio

como esa religión de ver el mundo

del otro lado del humo del tabaco

y en la mano como única medida

de un tiempo inmemorial una cerveza

cuando la tarde no es tarde ni en dos

divide el día el sol del mediodía.

 

Basta saber que habrá cigarro y ronda

que llamaremos siempre la penúltima

y que cenizas y conversaciones

se irán despacio y por la misma senda

que las vaquitas y el hombre que las lleva.

 

 


Isabel Lebrato

 

[ espuma ]

 

Labios de espuma hieren como espadas.

Tus palabras en una noche fría.

Ruido de vasos. Voces

que reclaman su trago,

que comparten su júbilo.

 

Enamorados en los rincones oscuros.

Humo de tabaco, nubes,

y mi cabeza gira como gira el mundo.

 

En el vaso se dibuja la tormenta

coronada de espuma que hiere como espadas.


Joaquín Alegre Herrera

 

[ movimiento perpetuo ]

 

Un trago de cerveza hace pensar.

Beber, pensar y ver

La luz del cristalino

Vaso claro,

Que refresca y no ahoga.

Humano soy, pues bebo como todos.

Lo que es mío va conmigo

Y aquí y ahora bebo

Cerveza, fruto del barril,

Surtidor, sucesor

De tiempos muertos.

Vida para mi sed,

Manantial de invenciones,

Río que fluye,

Espuma de mis días,

Bebida que me amansa,

Paradero de la hora,

Copa quieta en la barra.

Que me sirvan ideas,

Ideas cebadas,

Y confesaré entonces

Que todo esto es un trago

Y un trago hace pensar,

Beber,

Pensar en la cerveza...

 


José María Castro Pascual

 

[ el etilicón ]

 

Ahogando penas en un mar bravío

de vodka y ginebra, alegre me siento

bajo el zumbido de un adagio lento

que me susurra sonatas de estío

 

me burlo trocando en risa el hastío

como un Zaratustra sin fundamento

que errático va, con su predicamento

enloqueciendo con un licor frío

 

y creerme un osado Parsifal

o emperador en palacio vienés

o cruzado en castillo medieval

 

y olvidando un dolor que ya no es

ser otra máscara de carnaval

que pide risueña un whisky maltés


Manuel Mendoza Ponce

 

[ birrerías ]

 

1. Birrerías

 

La rubia con su glamour

A la negra le decía:

Mira tú !!!

 

La negra con su sabor

A la rubia le decía:

Pa eso yo !!!

 

 

 

2. En tres cervezas.

 

En la primera Heinikén me dijo: No puede ser

Con la segunda Heinekén le dije: Mi bien

A la tercera Heinekén me dijo: Yo también.


Pedro A. Cantero

 

[ la trinidad ]

 

Bebo,

sorbo a sorbo, esa rubia

fresquita.

El primero me sabe.

¡Blanca Paloma!

Chicha el segundo.

¡Verbo Divino!

Y el tercero,

¡Padre Santo!,

lo trago a medias.


Rocío Romero

 

[ i. litrona ]

                                                                                           A Papillon

En la boca llevarás sabor a mí.

(Álvaro Carrillo)

 

Conocedora de mi destierro y flirteos

aguardas, de algodones coronada,

paciente y acre mi presencia.

Y es que sabes que siempre a ti regreso,

espejismo firme al que me aferro.

Que nunca beso como el tuyo

recorrió mis capilares

con prontitud de rayo

fulminante, etílico, descarga

y sacudida y entrega absoluta.

Y es que en el perímetro

rotundo de tu boca

me perdí un día por libarte,

amor de vicios abisales.

 


Rocío Romero

 

[ II. eclipse en vaso de tubo ]

 

En mi vaso la luna redonda,

¡diminuta!, se ríe y tiembla.

(F. García Lorca)

 

No intimidarán aciagos pronósticos,

ni turbarán nuestra paz augurios fatales

de fin de milenio, desastres, profecías

de infortunios de mal gusto destructivos,

cuando a nuestra vida llegues.

 

Cuando a nuestra vida llegues

y sedientos de tu ingenua paradoja

nos descubras, eclipse radiante, refulgente,

sé dadivoso en el beso y

vigila dejar en nuestra boca buen sabor.

Que habremos de gozarte, inmemorial,

más allá del festín y de la fiesta,

allí donde se funden sol y luna.

 


Rosa Díaz

 

[ a mano alzada ]

 

Entonces salgo del mutismo encantador de las esferas inalcanzables de este mundo y agarro mi cerveza. Por ese componente de placer amargo que la iguala a la vida. La disfruté en los mojigatos tubitos, en las castizas cañas, en las jarras alemanas, en los vasos variopintos de las cervecerías vienesas, en los pubs de Irlanda con un fondo de música country, en el Méjico lindo, y mirando los terraplenes del Perito Moreno en el lago Argentino. La disfruté medio fría, que es como medio caliente, en el Marché de Bamako y en el mismísimo Tombuctú. La disfruté en agosto en mi Ronda de Triana, viéndola salir por los milagros de la electricidad para llegar a mí, y a mi fiebre penitenciaria del verano a la sombra de los barómetros atmosféricos. Debajo de la inseparable capita de ozono, ahora y en la hora de nuestro calor amén, levanto mi índice y voto por ella a mano alzada.


Víctor Jiménez

 

[ taberna inglesa ]

 

En la vida hay lugares que te esperan

con la misma paciencia que los puertos.

Lugares en la niebla, ignorados lugares

que, justo a la distancia del asombro,

no sabes que te estaban esperando

hasta que un día vuelves inesperadamente.

Lugares imposibles de encontrar

si nunca te perdiste alguna vez,

si nunca te quemaste

por no jugar con fuego.

Son lugares que tienen

reservado el derecho de admisión

y prohibida la entrada al propio olvido.

Vespertinos, noctámbulos lugares

como este bar de copas

donde tu ausencia sale a recibirme

y me invita a tomar un ron con cola

en el rincón tan íntimo de siempre,

mientras suena de fondo Yesterday

y la nostalgia trae, como si fuera el aire,

tu perfume a jazmín no sé de dónde.

Lugares -tú lo sabes- que son cómplices

de cálidas miradas

que dicen, en silencio, tantas cosas...

Misteriosos lugares como éste,

esta taberna inglesa

donde habita el recuerdo

y, a veces, hace el tiempo un alto en su camino.

Un lugar en el mundo

donde todo es distinto, donde todo es tan tuyo

que tiene el ron de caña a medianoche

el sabor clandestino del beso de tu boca.


Víctor Jiménez

 

[ de luna y madrugadas ]

 

Como ese bar de copas

y canciones nocturnas en la playa

al que siempre llegamos

para tomar la última;

como ese viejo bar

de luna y madrugadas

en el que siempre hay un cartel que dice

Abierto hasta el amanecer,

así mi corazón

soñándote muy cerca junto al mar,

contigo por muy lejos que tú estés,

abriéndote sus puertas cada noche,

cerrando con el sol cada mañana.


José M. Marrodán

 

[ viacrucis ]

 

Una bofetada de calor recibió en la cara nada más abrir la puerta del bar y salir a la calle. La luz era cegadora. Sintió la sensación de asfixia y decidió volver a entrar. Otra vez el fresco artificial, la sombra relajante, el suave tacto a la vista de las maderas, los estucos ocres y violáceos, el suelo de losas de barro cocido; a un lado los jamones y chacinas, al otro, la pizarra con las tapas, y en medio un cartel anunciador de algún evento flamenco: una mancha de tinta o carboncillo donde se apreciaba la silueta casi de perfil de una gitana tocando las palmas, sentada en una silla de enea.

Se dirigió al mismo rincón de la barra donde justo un rato antes había estado acodado sobre el mostrador, adoptó exactamente la misma postura y le pidió al camarero otra cerveza. El camarero sacó un vaso de la nevera, lo enjuagó en el chorro de surtidor tal como le había indicado el cliente momentos antes, lo inclinó bajo la boquilla y empezó a salir el líquido amarillo, que fue cayendo en el vaso, formando la mezcla deliciosa de oro y nieve. Derrite el oro y se blanquea la cumbre, líquido sol bajo la nieve pura, sol y nieve, joé, parece el nombre de una agencia de viajes.

El cartel de toros junto a la puerta de los servicios le recordó que tenía que comprar las entradas para la corrida. Seguramente sacara una para él, pero qué gordo le caía el amiguito de ella. No lo aguanto, es un imbécil, él sabe más de toros que nadie, y no calla, es que no calla ni un momento. Además, qué hago yo yendo de carabina. No sé por qué sigo admitiendo esta relación. Decididamente no voy a los toros con ellos.

Le pidió otra cerveza al muchacho, y de nuevo la misma operación, vaso a cuarenta y cinco grados de inclinación, líquido formando volutas en el fondo y para rematar la faena, vaso recto, último chorreón y dos deditos de espuma.

-La calle está que echa fuego, ¿no? -le dijo el camarero en el momento de dejar la cerveza sobre la barra.

-Es un sol de justicia. Menos mal que existen lugares así y bebidas como ésta para poder tirar para adelante.

Las dos personas más próximas discutían sobre algún asunto familiar: al parecer, a una tía ya muy mayor, dueña de una importante fortuna, la habían desplumado; el administrador, no se sabía con qué tretas y argucias, consiguió dejar a la pobre vieja sin un duro.

-Que no, que no se puede hacer nada. Eso lo ha ido tramando él durante mucho tiempo y con sumo cuidado y...

-Pero eso es una estafa y seguro que puede hacerse algo; se registran los papeles con la autorización de un juez y en algún sitio debe haber un fallo y coger al sinvergüenza ése.

Diminutas burbujas ascendían desde el fondo, un pespunte diminuto y al minuto un collar de perlas se alza. Hoy no es mi día. Se me acaba el tiempo y quizá no pueda darle a Daniel el texto que me ha pedido sobre la cerveza; no sé qué hacer con ella, excepto bebérmela.

Con un gesto se dirigió al camarero indicándole otra. La boca inclinada del vaso bajo el tirador, boca de nadador que coge aire, boca desfigurada bajo el grifo, y lentamente va cayendo sobre la pared de cristal el oro líquido con su cuello de armiño. Pensó que aquélla debería ser la última que se bebiera, pero quién salía con lo que estaba cayendo. Qué cosa tan absurda: en dos zancadas estaba en el coche y en cinco minutos, en su casa. Sin embargo, se estaba tan bien allí... Hagamos tres tiendas... En el otro extremo del mostrador, formado en L, una chica joven repasaba unos papeles y bebía también cerveza. No más de treinta años, ojos vivarachos, escrutando en los documentos, pasaba, se detenía, volvía atrás... Media melena rubia recogida en una coleta con una felpa blanca, blusa del mismo color, ceñida, de fino encaje a lo largo de la botonadura, pechos aprisionados y entre ojal y ojal breve aspillera amenazante... Agora el crudo pecho pudiera ceñir con oro... Su vaso de cerveza, medio vacío, había dejado la huella de la espuma en el cristal. Arabescos de nácar para el oro que ciñera tus pechos rebosantes, y entre ojales, saeteras insinuantes que marcan el camino del tesoro.

Tres obreros irrumpieron en el local, con sus voces y sus risas estentóreas, no ya impidiendo la paz y el sosiego, sino provocando la huida de la ninfa de cabello rubio y blusa blanca. La conversación de los tres operarios giraba en torno al trabajo, siempre entre bromas y obscenidades. Reflejaban camaradería entre ellos, pero no había nobleza en sus ojos, más bien la sombra de la puñalada trapera si así el guión lo exigía. ¿Qué les pasará que cuando van en grupo se transforman? Ante la fiesta de cervezas que se formó en el mostrador, pidió él una levantando el vaso vacío. Como era de esperar, su vaso, adecuadamente enjuagado en el enhiesto surtidor, ni de sombra ni de sueño, le llegó coronado con cremosa nube blanca... Nieva al revés hacia la nube blanca en un cielo amarillo de cebada. Yo no sé qué le ha visto al imbécil, a ese mostrenco. Y cómo le ríe ella sus gracias...; es que es incomprensible.

Volvió el silencio al bar tras la marcha de los tres trabajadores y se percató de que había otros parroquianos, pero le llamó la atención uno en especial: alto, delgado, serio, con gafas color miel, bigotito fino a lo Clark Gable, ya blanqueando un poco, firme frente a la barra, sin moverse y casi sin pestañear, dando sorbitos perfectamente sincronizados a su vaso de cerveza y limpiándose instintivamente su bigotito. Acababa el vaso y pedía otro y repetía el ritual. Hubo una interrupción cuando sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa, cogió uno y del pantalón, un mechero, lo encendió y lanzó una gran bocanada, envolviéndole una nubecilla de humo gris. La tenue luz anaranjada del local se fue llenando de volutas de humo que ascendían con lentitud, creando un ambiente de novela negra. Sostenía el cigarrillo en la mano izquierda y alternaba rítmicamente la chupada con el trago. En el fondo había una pareja joven, vulgares en sus modos y en sus formas pero con la atenuante del amor. Parece como si el amor sincero le diera un toque de distinción a los seres vulgares por naturaleza. En cambio, no es amor lo que le une a ella y al mostrenco que cree saberlo todo. Ella es elegante, él... un patán. Otra vez pensando en ella. Si sé que esto ya no tiene remedio, que ella no me... ama. No puedo seguir aparentando esta amistad. Siempre esperando migajas. Que me roce, que toque mi mano, que se despida con un abrazo cariñoso. De momento, a los toros no pienso ir con ellos. Me tomo otra cervecita y ya me voy para casa.

Acercó un taburete para sentarse junto a la barra, caballero a la jineta en las eneas de las tabernas, pidió otra copa y también unos altramuces. Devoró casi media conchita de los chochos y lo mismo hizo con la cerveza, se bebió más de medio vaso. Por padecer pobreza nunca os desaniméis, porque otros más pobres un día encontraréis. No sé qué voy a hacer con Daniel. Le diré que mi musa me ha dejado, mi ninfa de cabello de oro y blusa blanca como la espuma de las olas huyó por culpa de tres infieles malencarados. ¿Mi amor o mi musa? "Siento por ti mucha ternura, pero no estoy enamorada." Ternura, como si yo fuera un peluche. Tierna amistad de lúpulo y azahar. Poncio Pilato bebe cerveza en el Jota, y allí se junta con Antonio Ciseri, con Lastrucci y con Don Fadrique, el marqués de Tarifa. Va por ustedes.

La clientela que ahora entraba venía en busca del café, aroma que iba impregnándolo todo. A él lo único que le confortaba era la cerveza, por eso pidió otra. Se levantó del asiento, dio un imperceptible traspié y se acercó a la puerta de salida, la abrió y volvió a sentir la irrespirable flama. Cerró la puerta y volvió a su asiento.

-La calle sigue imposible.

El camarero lo miró sin responder. En la radio se escuchaba una seguiriya de El Chocolate. Si cruzas la puerta, no mires pa atrás, que el ángel exterminador acecha pa hacerte de sal. De toros ni mijita. Yo se las compro del ocho y yo me voy al once.

Levantó la copa y se quedó mirando a través del vaso. Cuando me dejó tirao como a un perro lo uniquito que a mí me confortaba era hartarme de esto. De los volantes blancos de la mar, una tarde amarilla y melancólica te vi nacer junto a mi boca seca. Querido Danielito, no podré servirte

-Muchacho, ponme otra. Ponme también unas olivitas.

Venía la cerveza derramándose y al depositarla en el mostrador aún rebosaba la espuma.

-Volcán de lava blanca inocua y fría...

-¿Perdón? -contestó el camarero.

-No, nada, nada, está bien.

Apoyado en el mostrador, sobre el vaso, parecía buscar algo sobre el montículo que formaba la espuma. Zambullirme bajo el mar Amarillo y surfear sobre sus olas blancas. ¿Y qué se me ha perdido a mí en la China? Para surfear, Tarifa, ¿o no, señor marqués? ¿Y yo sé surfear ni na?

Junto a él se acodó sobre la barra un parroquiano con signos indiscutibles de estar bastante bebido. Éste también va bonito. Pidió una copa de 103, se la bebió de un buche, pagó y se fue. Veni, vidi, vinci. ¿Tú ves? Eso con la cerveza no se puede hacer. La cerveza tiene otro ritual, otro tiempo. Y con esta calor... ¿El ángel exterminador seguirá ahí? Ya es tarde. Una, dos, tres... ocho. Ocho y cuatro de antes... doce. O sea, estoy ante Santa Cruz, en Tomás Murube. Me queda la decimotercera, la del Baratillo, y la última, la última estación, la de Santa Marta; y ya en casita. Oh honrado boticario, tus remedios hacen efecto. De un trago se bebió lo que le quedaba en el vaso.

-Sírveme, Ganimedes, otra copa de ese pálido y amargo licor, a ver si ahora me atrevo con Europa.

-¿Otra?

-Otra.

Se levantó del taburete con intención de ir al servicio y esta vez sí dio un claro traspiés. Había pedido la que hacía trece, que la cuenta la había hecho a la perfección. El molinillo del café de repente guardó silencio y pudo oírse una soleá de Triana en la voz de Naranjito. Salía en ese momento de los lavabos nuestro cliente. Cuando estoy cerca de ti, se me nubla hasta el sentío... y tú sin mirarme a mí.

-Eso es cante y lo demás ojana.

Se acercó a su sitio y comprobó que la cerveza había perdido espuma. Agarró el vaso con la mano, comprobó que estaba frío. Este gracioso es capaz de echarme la agüita amarilla que acabo de dejar en el váter. Áureas orinas inmisericordes para gente mostrenca y botarate. A la última estación no llego. Oh, tú, Santa Marta, divina hostelera, no llego a la espuela. Socórreme al menos en el camino de vuelta.

Sacó un billete, pagó; con pasos inseguros se fue hacia la puerta. A ti me entrego, mi ángel de ojos de ámbar, de cabellos melifluos y aromáticos, de blancura infinita de azucenas...

-Adiós, garzón.

-Adiós, Gambrinus.


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